21/6/09

La incredulidad: una en la lista de nuestros enemigos

La incredulidad es un pecado que nos priva de las bendiciones que Dios tiene para nosotros y que hiere su corazón. Es desconfiar de Dios: desconfiar de su voluntad porque no creemos que sea agradable y perfecta. Desconfiar de su protección y provisión. Desconfiar de su disciplina, no la creemos útil, queremos evadirla.

Esto comprende en definitiva, desconfiar del Amor de Dios para nosotros, en cambio cuando creemos en su Amor, se disipan las dudas y los temores. (1a Juan 4: 16-19). El diablo, que es padre de mentira, (Juan 8.44) se ocupa de sembrar la incredulidad en los corazones para que crean a la mentira y no a la verdad de Dios, que es Cristo. A la persona aún no redimida, la incredulidad no le permite alcanzar la salvación. Al cristiano lo priva de las bendiciones de Dios y por permanecer en este pecado, va minando su relación con Dios.

Lo contrario a esto es la Fe. Dice Hebreos 11.1: "Es pues la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve..." La Fe es un don de Dios, una gracia comunicada por el Espíritu Santo (Efesios 2.8). La Fe es una revelación. Dependemos de Dios para crecer en Fe. Debemos ser sinceros, perseverantes y negarnos a nosotros mismos llevando la cruz cada día mientras somos discìpulos de Cristo.

Podemos estar seguros de lo que no vemos porque no nos guiamos por lo que vemos con los ojos naturales sino por lo que vemos con los ojos de la Fe, con los ojos espirituales. Por eso es necesario que oigamos la Palabra de Dios (Romanos 10:17) y así se cumple 2a Corintios 4:18: "No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas." Debemos mirar todo a través de Cristo. Cuando alumbra el sol no vemos la luz en sus componentes, los colores del arco iris. Pero si colocamos un prisma y miramos a través de él seremos capaces de ver la hermosura de los colores que componen un rayo de luz solar.

Si perdemos la mirada en Cristo y comenzamos a mirarnos a nosotros mismos, ahí es cuando todo se vuelve gris y comienza a decaer nuestra espiritualidad, comienza a ser minada la fe por la incredulidad. Debemos levantar la mirada y mirar a Cristo dejando de lado la incredulidad.

Números capítulos 13 y 14 nos relata cómo el pueblo de Israel supo irritar a Dios por su incredulidad. Entonces dijo Dios: "¿Hasta cuándo me ha de irritar este pueblo? ¿Hasta cuándo no me creerán, con todas las señales que he hecho en medio de ellos?" (Números 14:11) Luego Dios declaró: "No verán la tierra de la que juré a sus padres; no, ninguno de los que me ha irritado la verá."

La incredulidad es un pecado terrible y veamos cómo hace irritar el corazón de un Padre amoroso, misericordioso y justo. Estos no entraron en el reposo de Dios a causa de la incredulidad y quedaron para alimentar el proceso natural del desierto. Lamentable.

Los israelitas no confiaron en la promesa de Dios y mandaron 12 espías a ver si lo que decía el Señor era cierto, Tomás dijo "Si no meto mis dedos en las heridas de sus manos..." De los doce espías sólo dos, (Josué y Caleb) dieron un informe positivo porque lo que vieron les hicieron confiar aún más en la promesa divina, pero los otros diez trajeron llanto, queja, amargura, lamento al pueblo de Dios haciéndolo pecar.

Si Dios te ha dado una Palabra, CREE. Lo que El dice, CREELO. Lo que El es, CREE de todo corazón. No dejes por nada del mundo que satanás te robe lo que Dios tiene para ti.

Si este pecado ha anidado en tu corazón es momento de venir delante del trono de Dios con arrepentimiento. Si confiesas tu pecado y te apartas de él, alcanzarás misericordia.

Dios es bueno y quiere bendecirte, cree en El de todo corazón y verás la Gloria de Dios.

(Escrito inspirado en el Manual Lecciones para Células de la Iglesia Rey de Reyes)
EB

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